Parque Suites
Estaba manejando, cuando, en una cola de tráfico, justo a mi lado apareció al edificio llamado "Vistalparque Suites". Me quedé contemplándolo fijamente. Sentí un ligero nudo en la garganta que yo misma me tragué. Recordé las palabras que le susurré al oído mientras le hacía el amor:
"Parque Suites".
Respondió: "qué?"
Dije: "Parque Suites. Recuerda estas palabras siempre que quieras volver a este momento"
"Parque Suites" era el edificio al lado del Hotel Pestana donde siempre nos quedábamos en Caracas. Era el edificio preferido para los Airbnb del anfitrión llamado Rai. Siempre nos quedábamos en uno de los apartamentos que tenía un mueble negro de cuero, y una cocina donde alguna vez tantas veces cocinamos juntas. La entrada era asíncrona así que lo hacía perfecto; la piscina de la terraza aérea era helada; y la vista al cielo daba paz. Una vez observando las calles de los Palos Grandes bromeamos sobre cómo sería si los zombies invadieran los edificios en un apocalipsis porque seguro escalarían por las paredes.
Y ahí estaba yo, observando fijamente con una mirada de tiburón el nombre del edificio Parque Suites. Mi expresión era de una dureza emocional contenida. Recuerdo que el 24 de junio antes de quemar todas sus cartas en un cementerio, me estacioné justo fuera de Parque Suites a esperar a la encomienda que me devolvería todas las cosas que le mandé a pedir.
Otra vez aparecía dicho edificio donde la vi por última vez el 26 de enero de este año.
En mí resuena el recuerdo de lo que alguna vez ocurrió dentro de esas paredes. En ella, estoy casi segura de que lo único que recuerda es alguna discusión no constructiva.
Seguí de largo, me tragué mi nudo en la garganta, y puse la música a un volumen tan alto que era como que si necesitara que lo ruidoso de unos platillos de batería acallara mis pensamientos y mis sentimientos.
Salió una lágrima. De repente salieron más. La música era más alta, y de repente salían más. Manejaba con los ojos inundados y con los labios fruncidos en un punto. Solo salían lágrimas, y ni una sola exhalación o ruido mínimo de mi parte.
Manejé pausadamente. Luego me dieron ganas de manejar más rápido. Luego me calmé y seguí manejando lento. No puede ser que estos seis meses me estén costando tanto trabajo emocional.
Vino a mi mente un pensamiento intrusivo fugaz de la sesión terapéutica de hoy donde Janis me decía que sentía que había algunas cosas que no registraba. Lo hice más consciente todavía y salieron más lágrimas. Indudablemente nunca registré que no me amabas como yo a ti; que no te entregabas como yo sí; y que más bien te saturaste de tanto recibir.
Piso el pie en el acelerador hasta el fondo aprovechando la libertad de la calle donde no tengo ningún carro adelante. Ruge el motor con fiereza. Desacelero cuando diviso carros más adelante. Cambia la canción, y comienzan a entrar mensajes. Me obstino, no quiero que me escriba nadie. No quiero que me moleste nadie.
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Me levanté al día siguiente y me extrañó ver que en mi teléfono apareció una notificación del sistema diciéndome que estaba ocupando ya todo el espacio. Decidí liberar un poco de espacio, pero me di cuenta que lo que más pesaba eran las grabaciones que hacía en terapia, tanto con mi psicólogo anterior, como las que llegué a hacer con Janis.
La curiosidad me ganó, y decidí reproducir una grabación random de marzo 2025 a ver de qué se trataba esa sesión.
Estaba narrando cuando no pisé lo suficiente el acelerador en la camioneta, se me fue para atrás en una subida muy empinada, y le destruí el guardafangos completo a una señora que estaba mal parada en una calle de Santa Rosa de Lima.
En la grabación comentaba como estaba muy estresada por tener que pagar todos los arreglos del carro, incluyendo piezas, y mano de obra, en un taller de Oripoto que fue carísimo. No entendí por qué en ese momento acepté que fuera en el taller de la señora y no en un taller que beneficiara a ambas partes. Esa misma mañana tuve que comprar el Rituximab, y fueron 1800 dólares. Tenía mucha tensión, y necesitaba contención.
Andrelina, mi expareja, me acompañó a solucionar lo del carro de la señora al taller de Oripoto, quienes obviamente no hacían ese trabajo porque no son latoneros, y más bien estaban contratando por aparte un servicio de latonería de "un conocido". La gracia me salió en 600 dólares más. Yo estaba obstinada, porque no contaba con nadie sino conmigo misma nada más a nivel económico, y en un momento de mucho estrés, me puse a llorar en silencio dentro de mi carro. Ella se molestó de por qué estaba llorando y "que no había necesidad de ponerse así", me estaba tratando con una amargura que era totalmente inmerecida. No dije absolutamente nada, y solo me decía que debía agradecer que tuviera los medios y no me quejara tanto. Seguí como una tumba sin decir nada, y tuvo el tupé de decirme que se iba a ir en taxi porque no quería seguir ahí "porque yo andaba con mi cara y mis actitudes". Manejé rápido a mi casa para que ahí la buscara el taxi, y me dijo que ya no era necesario porque le cancelaron el servicio de taxi para regresarse a Valencia. Seguí en silencio. Al rato, intentó agarrarme el brazo y se lo solté enseguida, no quería que me tocara. Ahora también tenía que resolver su traslado a Valencia y llevarla yo.
Cuando subí a la casa un momento para guardar en la nevera el Rituximab, tuve otro problemón porque mi mamá decía que siempre ponía por encima a Andrelina y otra vez "la iba a dejar sola".
Me fui, no me interesaba nada en ese momento.
Se lo conté a Andrelina, y me dijo que eso era mi culpa por permitir "que la desgracia de mi madre" hiciera lo que le dé la gana conmigo. Me pareció curioso que siendo médico ignorara el comportamiento biológico del trastorno bipolar. Una vez más, no tuve contención. Le dije que solo necesitaba apoyo, y no más crítica, que ya tenía suficiente. Me dijo que si buscaba apoyo luego de decir lo que me pasara con mi madre, ahí no lo iba a conseguir.
Manejando hacia Valencia vi que Andrelina estaba al teléfono, y me comentó que su exnovia Marian iba a ir al apartamento a buscar la laptop que le di a Andrelina para trabajar con ella. El día terminaba de poner la cereza en el pastel. Me parecía una falta de respeto absoluta y se lo hice saber.
Escuchar la grabación, y escuchar también cómo le narraba a Antonio el hecho de que me sentía sola, abandonada, y soltera estando en compañía, me hizo estremecer de la molestia conmigo misma. A veces, en efecto, parecía que había cosas que no registraba.
Así que ahora mismo me pregunto: por qué lloras, Andrea?
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